El fotógrafo que se volvió invisible

RAFAEL TROBAT REÚNE CASI TRES DÉCADAS DEDICADO AL GÉNERO DOCUMENTAL

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Detalle de ‘Saludo militar’, de 2000. (Galería fotográfica de Rafael Trobat)

Desaparecer y evaporarse mientras un musculoso joven acaba de arrancarse el tanga con el aliento del jaleo femenino sobre la nuca. Más difícil todavía: volverse invisible en pleno magreo con una cámara entre las manos sin parar de disparar. A la vista de todos hasta que el fotógrafo consigue disolverse a la vista de todos. La ilusión del arte contemporáneo hace del artista un creador, pero en realidad es un receptor. Alguien que da forma a lo que se recibe.

Rafael Trobat (Córdoba, 1965) no es un creador, es un receptor. Toma prestada la realidad para interpretarla. Por eso su fotografía puede leerse como el fruto de una colaboración en la que su cámara y lo que retrata entran en comunión. Él lo llama respeto y lo repite. Respeto por el modelo, por la situación, respeto para desaparecer. Cuando la fotografía es el resultado de un diálogo la imagen habla, si nos paramos a escuchar.

No es Rafael Trobat un fotógrafo ausente: participa, se hace visible e interviene, hasta que termina por desvanecerse ante los ojos y las conductas de sus sujetos de investigación, que desde hace casi tres décadas son nicaragüenses, hondureños, salvadoreños y españoles básicamente. Ahora ese trabajo se resume en un nuevo capítulo de la colección PHotoBolsillo de la Fábrica.

País intimidad

Andrea Dworkin, polémico pensador y escritor estadounidense, aseguraba no tener paciencia con los invulnerables, “con aquellos que han quedado tocados por algún temporal, aquellos que nunca se han derrumbado, que nunca se han hecho pedazos y se han vuelto a recomponer”. Esos tampoco son los personajes de nuestro fotógrafo, que prefiere lo que no es muy lindo, seres con grandes puntadas, con desgarrones mal cosidos. Las heridas que dejan ver, más allá de un cuerpo malogrado, las costuras de una nación. El país favorito de Trobat es la intimidad.

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La princesita. Managua (2012).

La invisibilidad se consigue a base de estar absolutamente presente, que exista la aceptación y el pacto tácito. La presencia continua hace que pase desapercibido”, aclara el fotógrafo al que la casualidad le cruzó en su vida a la maestra de maestros Cristina García Rodero, mientras esta era docente de la Facultad de Bellas Artes. Desde entonces, se ha mantenido fiel a su magisterio.

“La fotografía documental, despreciada en este país, adquiere con Cristina García Rodero una categoría que no tenía hasta ese momento. Logró que se entendiera como un medio de producción artística como cualquier otro arte. Cristina cerró ese debate y acabó con los complejos. Además, es un ejemplo de lucha, superación y enriquecimiento”, contesta expresivo para señalar los frutos de quien ha dedicado una vida entera consagrada a la fotografía.

Larga vida al documento

La fotografía documental trabaja, como vemos, en las antípodas de un paparazi. Mientras uno respeta, el otro roba fotos. Uno se muestra, mientras el otro se oculta. El primero llega, toma y se va, el otro pasarán días hasta que desenfunde su cámara. Tampoco el fotógrafo documental tiene comparación con el fotoperiodista, por las mismas razones. Sin embargo, el nuevo Premio Hasselblad, Joan Fontcuberta, hablaba con este periódico el día en que lo recogía en Barcelona y decía que fotografiar como Henri Cartier-Bresson ya no tiene sentido.

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Tarde de sábado. Diriamba (1992).

“Me parece una frase más o menos simpática. Quién puede decir nada sobre Cartier-Bresson si una fotografía nos emociona”, apunta Trobat a la provocación de Fontcuberta. “La fotografía permite ser Cartier-Bresson y al mismo tiempo Fontcuberta. Porque la fotografía no significa nada, somos nosotros los que le asignamos un contenido a partir del pie de foto. Eso es lo que plantea Fontcuberta: la duda, que a mí me parece muy sana. La fotografía es el punto de partida de una historia que se puede inventar el espectador”.

elconfidencial.com (31/03/2013)

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