Paisaje del desencanto de la juventud

Mike Brodie quería huir de casa con 17 años y terminó por escribir, a su pesar, un poema visual de toda una generación de ‘outsiders’ en Estados Unidos.

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Cuando tenía 17 años, Mike Brodie saltó como un polizón al que sería su primer tren hacia la libertad. Por supuesto, sin billete ni compañeros de viaje. En aquel tren no había primera ni segunda clase. Tampoco revisor y mucho menos cafetería. Solo futuro. El ‘asalto’ ocurrió cerca de la casa de sus padres en Pensacola, Florida (EE UU). Brodie estaba convencido de que el animal de hierro trasladaría su adolescencia hasta Mobile, en Alabama, donde el viento suele soplar del sureste en un ambiente de humedad saturada y pegajosa. Había quedado con un amigo para culminar la travesura de escaparse de casa, pero se equivocó; aquello era algo más que una travesura. Su tren viajaba en la dirección contraria y terminó aterrizando en Jacksonville (Florida), lo que le obligó, días más tarde, a tomar el tren de vuelta a casa. Al punto de partida.

Era solo el principio. Una llama extraña, una ansiedad sin freno se le instaló en el pecho. ¿Qué ocurrió en el camino? Ni él mismo lo sabe, aunque, tal vez, la sensación insuperable de libertad absoluta se mezcló con la necesidad de documentar la aventura. La necesidad de contar, como si fuera un cronista de eso que llaman simplemente vivir. Sin más. Tras la primera escapada, era inevitable que Brodie cambiara de estilo de vida. Un no parar, de aquí para allá, recorriendo Estados Unidos utilizando el método que fuera, asaltando trenes, en autostop, andando. Lo de menos era el cómo. Lo de más, viajar.

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Dice Brodie, que ahora tiene 28 años, que en uno de esos trayectos, bajo el asiento trasero de un coche se encontró una cámara polaroid abandonada. Desde entonces, sus compañeros de viaje comenzaron a llamarle ‘el chico de la polaroid’ y sus imágenes se convirtieron en un testimonio de culto en Internet. Brodie no tenía ningún conocimiento de fotografía y, además, los cristales de sus gafas eran del grosor del culo de una botella, pero siempre intuyó que tenía en sus manos una forma de documentar sus experiencias. De narrar. De contar. Otro veneno.

Su polaroid terminó por estropearse, así que Brodie se hizo con una reflex de 35 milímetros de segunda mano. Un modelo que ya nadie quería. Durante años, el muchacho fundió su juventud junto a otros pioneros. Se inscribió en el selecto club de los ‘outsiders’ y tiró y tiró fotos. Cuando se le pregunta por su aproximación al viaje y la fotografía, Brodie responde: “He tomado muchos trenes equivocados… Pero pasara lo que pasara, siempre había un instante que fotografiar, así que lo de menos era dónde terminara el viaje”. De esa filosofía y de esa década de huida hacia ninguna parte -o hacia todas partes-, aquel muchacho se trajo una serie de poemas visuales llenos de vida y desencanto, de pérdida y compañerismo, de furia, rabia e inquietud.

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El primer reconocimiento como fotógrafo le llegó a Brodie casi como una traición. A sus espaldas, su trabajo fue presentado al premio Baum para fotógrafos emergentes en 2008. Ganó. Galeristas y editores vieron el potencial y la fama, pero Brodie nunca ha estado por la labor. Una década en el camino imprime carácter y jamás se ha identificado como fotógrafo. Tanto es así que hace unos meses se graduó en el Nashville Auto Diesel College y ahora trabaja como mecánico. Eso sí, nunca en el mismo sitio. Siempre en continuo movimiento con su taller portátil en una furgoneta Dodge del año 1993.

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La historia de Mike Brodie ha sido narrada a ‘El Asombrario & Co’ por Maggie Blanchard, directora de Twin Palms Publishers, que edita el libro con las fotografías del artista A period of juvenile prosperity, que hoy se presenta en Needles & Pens en San Francisco, California.

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eldiario.es, elasombrario.com, Manuel Cuéllar (19/04/2013)

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