Enganchado a la fotografía

EL MUSEO PICASSO DE MÁLAGA MUESTRA LOS AÑOS SESENTA VISTOS POR EL ACTOR DENNIS HOPPER

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Dennis Hopper (1936-2010). ‘Autorretrato’. Los Angeles, 1963

Pura clase media. Un granjero de Kansas aspirante a desmontar su vida de paleto encuentra en el arte su pasaporte a una nueva estación social. A los trece años se sube por primera vez a un escenario y se desvía del camino que el destino le tenía reservado en la oficina de correos que dirigía su padre o en la piscina que gestionaba su madre. En los sesenta su primera mujer le regala una cámara fotográfica, con la que ensaya el siguiente paso en su ascenso a los cielos del salón de la fama: la dirección de películas.

Dennis Hopper (1936-2010), que ya había participado en Rebelde sin causa (1955), Gigante (1956) Y Duelo de titanes (1957), queda atrapado por el encuadre y edición del mundo. La fotografía es para él un acto reflejo de su curiosidad, que le enseña los secretos de la composición y le permite dirigir a su antojo. En los más de 10.000 negativos que conserva la familia se encuentran los secretos de formación que pondría en práctica con el filme Easy Rider (1969), la obra por la que será recordado como el hombre que llevó el cine independiente al mainstream.

En aquellos años el mejor consejo se lo da James Dean: “No recortes las fotos, porque seguramente algún día querrás dirigir películas y no puedes recortar una película, así que tienes que aprender a hacer un encuadre completo, un negativo completo”, recuerda Hopper, que empieza interesándose por los tópicos más que por los hechos y termina bajando a la calle a recoger los tipos.

Calambre liberal

“Siempre fui un fotógrafo nervioso. Si no había nada que fotografiar, empezaba a disparar a lo que fuera, especialmente cuando iba en coche de un sitio a otro, por una ventanilla, porque lo hacía de un modo compulsivo”, explicó en su día Hopper, a quien el Museo Picasso de Málaga dedica una extensa retrospectiva a su trabajo como fotógrafo aficionado. Dennis Hopper. En el camino, es una selección de 141 de sus fotografías, en las que los actores extreman su complicidad con el retratista, los artistas se muestran encantados de ser retratados y destacan, sobre todos, las tomas que recuerdan un momento de fricción liberal.

La década de los sesenta, los hippies, el feminismo, ecologismo, la segregación racial, las drogas… muchas causas por las que luchar cada día. Nuevos valores se enfrentan a una sociedad que aprende a trompicones sobre la libertad. Si Robert Frank se lanzó a cruzar y recorrer las carreteras de 48 estados, entre 1955 y 1956, en busca de Los americanos y a cambió obtuvo “un triste poema fotográfico” del país, el de Hopper, todo lo contrario, es una fiesta urbana. Por ella pasan Paul Newman, Andy Warhol, Bruce Conner, Robert Rauschenberg, Ed Ruscha, Allan Kaprow, Jasper Johns, Marcel Duchamp, Roy Lichtenstein, Ike y Tina Turener o Martn Luther King.

El resultado es una cámara frenética, hambrienta e intuitiva. Cuando un fotógrafo baja a la calle a retratar su entorno se esfuerza por poner un orden, por clasificar y prescribir el caos. Hopper encuadra, recorta y dispara. En sus primeros años, desde la influencia del expresionismo abstracto, las visiones del actor son primeros planos de la piel de la ciudad: carteles, paredes, escaparates, señales de tráfico, el encuentro con el contexto sin referencias. El blanco y negro acentúa la expresión de la toma.

“Gracias a los nuevos modos de creación y producción, aquellos que supuestamente no pertenecían a la élite reviven y se ponen a trabajar con medios populares. Dennis Hopper es un avanzado en la voluntad interdisciplinar y en el estilo antiacadémico”, cuenta el director del centro José Lebrero. La muestra se centra en los años sesenta, antes de que perdiera definitivamente la sobriedad en la deriva hacia la autodestrucción, a la que el actor se entrega con la complicidad del alcohol.

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Dennis Hopper (1936-2010). ‘Tuesday Weld’. Los Ángeles, 1965

Vulnerable y sensible

El recorrido propuesto muestra a un fotógrafo que aprende al paso y, a pesar de todo, muy disciplinado. Mucho más de lo que se podría esperar de alguien que fomentó una imagen de agitador sin remedio dentro y fuera de sus películas. De hecho, su hija Marin, apuntó en la presentación de la muestra que su padre, pese a su imagen de “macho y aventurero”, fue “vulnerable y sensible”.

“Él pensaba que nunca sería director de cine y fue fotógrafo para saciarse. Tenía un grandísimo interés en dejar testimonio de ese momento histórico. En realidad, quiso ser recordado como fotógrafo y artista”, reconoce. En uno de los textos rescatados en el catálogo con el que se completa la exhibición de este trabajo de Hopper, el actor, artista, coleccionista alaba los resultados de la marihuana: “Llevo 17 años fumando hierba, ha habido buenos y malos momentos, pero, de todas formas, me alegro de haberlo hecho, porque fumar me ha dado algo de agudeza, algo de paranoia, algo de búsqueda interior que, de otro modo, no habría tenido”.

Junto a las fotografías de Hopper hay una pequeña selección de piezas de arte Pop, de artistas con los que entabló una especial relación. Fue en un lugar llamado Stone Brothers Printers, donde se imprimía publicidad. “En 1962 todo el mundo hablaba del retorno a la realidad. Yo era un expresionista abstracto de tercera generación. En realidad, todos lo éramos”, recuerda en una entrevista que concedió al editor jefe de Venice, Alex Simon. En la galería Ferus le enseñaron unas dispositivas: una de una lata de sopa, la otra de un cómic. “Eran de Andy y de Roy Lichtenstein. Me volví loco. Empecé a saltar arriba y abajo y a exclamar: ‘¡Eso es! ¡Eso es!’”.

Al día siguiente se presentó en el estudio de Andy Warhol, en Nueva York, y conoció a Lichtenstein, Jasper Johns, Rauschenberg, Rosenquist. Allí adquirió una de las latas de sopa de Warhol y desde entonces también se dedicó a coleccionar arte: “Aquel momento de los primeros años sesenta en Los Ángeles fue apasionante”.

Otra de las salas recoge fragmentos de sus apariciones en películas, anuncios y rodajes. En un momento del de Apocalypse Now (1979) Coppola le reprocha –en buen tono- a Hopper que no se aprende los diálogos y que si lo hiciera podría saltárselos a la perfección, porque sabría en qué dirección caminar. El actor ríe y reconoce que nunca lee los diálogos que le toca interpretar. En el atuendo con el que camufla a su personaje, además de la cinta del pelo rojo, el chaleco, las gafas de sol y la ropa de camuflaje, cuelga de su cuello varias cámaras de fotos. Hopper incorpora a sus criaturas partes de él mismo. 

elconfidencial.com, Peio H. Riaño (29/04/2013)

 

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