Fotografías a un suspiro de la muerte de Carmen Amaya

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La bautizaron como El Torbellino Gitano y adoptó ese nombre durante sus primeros años artísticos. Carmen Amaya nació en una barraca del barrio barcelonés del Somorrostro y en su debut en un café-cantante de la ciudad, siendo una niña, revolucionó el flamenco gracias a una pasión desgarradora. Quienes recuerdan sus artes y su vida dicen de ella que cuidaba de todo el mundo, que era generosa y que de ella emanaba un talento para el baile y el cante innato, seguramente heredado de su padre José Amaya El Chino. No dejó de taconear y de cantar por todo el mundo hasta unos días antes de su temprana muerte, en 1963. Las fotografías de los barceloneses Colita y Julio Ubiño fueron testigos de su último año de vida, en el que Amaya volvió a su tierra, protagonizó la película Los Tarantos y dio su última actuación en el Palau de la Música. Unas imágenes que componen la exposición Carmen Amaya 1963, en el Virreina LAB de Barcelona hasta el próximo 7 de julio.

El conjunto de 70 imágenes que recoge la muestra son mucho más que un trabajo fotográfico. Son el revelado de las vivencias junto a los Amaya. Julio Ubiño era fotógrafo, pero ante todo era amigo de Juan Antonio Agüero, marido de Carmen. Y suyas son las imágenes de la parte de la muestra relacionada con la muerte de la bailaora, que complementan al resto del año que pasó Colita fotografiando a Carmen.

Fue una artista exportadora del flamenco. A finales de los años veinte comenzó su andadura por el extranjero, incorporándose a la compañía de Raquel Meller para actuar en París como parte del Trío Amaya. Al primer viaje a la capital francesa le siguieron Estados Unidos, Méjico, Sudamérica, Europa, Norte de África… Una vuelta al mundo intermitente que alternaba con la participación en el cine. Al rodaje de su última película asistió como fotógrafa aficionada Colita, pero su trabajo terminó siendo un repertorio profesional cuya mejor clienta fue la misma Carmen Amaya.

Romeo y Julieta en Barcelona

La primera imagen, la llegada al aeropuerto. Carmen y todo su equipo volvían de Méjico para rodar Los Tarantos, una historia de amor prohibido entre dos jóvenes gitanos procedentes de familias contrarias, al estilo de Romeo y Julieta, pero ambientado en la periferia chabolista de una Barcelona franquista. El director, Francisco Rovira Beleta, había pensado en primer lugar a Lola Flores para representar a la madre del enamorado, pero la disponibilidad inmediata de los Amaya, entre otras cuestiones, permitió que cambiara de idea.

“Carmen Amaya era una reina, una mujer de la alta nobleza humana”. Colita se deshace en halagos para la bailora, y considera que su figura no ha sido suficientemente reconocida, según explica a El Confidencial: “Si hubiese nacido en Francia habría placas, plazas con su nombre o esculturas por todas partes”, pero aquí asegura que “no se le ha tratado bien”. Es más, cuenta con cierta amargura que la masía que perteneció a Carmen Amaya, situada en el municipio gerundense de Bagur –donde murió el 19 de noviembre de 1963-, fue durante un tiempo la casa-museo de la artista, pero el proyecto se abandonó y hoy alberga una asociación medioambiental. Añade, con resignación, un logro conseguido entre los amigos y seguidores de la bailaora: una placa recordatoria en el lugar donde fue enterrada en primer lugar, antes de que trasladaran su cuerpo a Santander, junto al de su marido.

Reina, no diva

La fotógrafa reconoce que la iniciativa de la exposición hace justicia con una persona “muy generosa”, que “compartía todo” y que, siendo “una reina”, no se comportaba “como una diva”.

La muestra se enmarca dentro de El Año Carmen Amaya, un homenaje que la Generalitat de Cataluña hace a la bailaora conmemorando el centenario de su nacimiento y los 50 años de su muerte. Un centenario cogido con pinzas para, quizá, poner la guinda al pastel del evento. Colita asegura que no se sabe cuándo nació Amaya, “ni ella lo sabía”, porque nunca tuvo partida de nacimiento. En el dossier de El Año Carmen Amaya, la Generalitat no llega a especificar la fecha de nacimiento más allá de 1913.

Una vida corta pero intensa, que dejó un legado incontestable en la cultura catalana, según el comisario del Año Carmen Amaya, Xavier Albertí, quien destacó en la presentación del evento que esta celebración servirá para “reivindicar las profundas raíces del flamenco en Cataluña” y “la importancia y la influencia de la cultura gitana en la cultura catalana”. La exposición se estrena junto a otras actividades como el Festival Ciutat Flamenco, que se celebrará entre el 23 y el 26 de mayo y en el que participarán más de 200 artistas.

La muestra fotográfica, que alberga solo una pequeña parte de lo que fue la vida de Carmen Amaya, se complementará con el texto de Ana María Moix, que ha recogido las fotografías de Colita y Ubiño en un libro con el mismo nombre, Carmen Amaya 1963: Taranta, agosto, luto y ausencia, editado por Libros del Silencio.

El baile fue su cura

El rodaje de Los Tarantos tuvo lugar durante el verano de 1963, poco después de acabar empeoró su salud –sufría una disfunción renal- y en noviembre la bailaora fallecía en su masía de Bagur. Colita, que estuvo presente en la vida artística y personal de los Amaya, sabía que era una muerte anunciada. Carmen nació con un problema que podía haber acabado con su vida mucho antes, pero el baile fue para ella una cura temporal que le regaló años. Colita cuenta que el urólogo  de Amaya le dijo exactamente que “vivió 30 años de propina” gracias a las  toxinas que eliminaba con el baile, y que sus riñones no podían filtrar.

Esa cura temporal permitió a los amantes del flamenco disfrutar del zapateo del Torbellino gitano por más tiempo. Este año homenaje permitirá, como explica Colita, “reivindicar como nuestra una de las mayores figuras del baile de siglo XX”. No del flamenco únicamente, precisa, sino de toda la danza.

elconfidencial.com, Verónica Ramírez (07/05/2013)

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