Los tribunales conceden a un artista licencia para espiar

Arne Svenson fotografía a sus vecinos sin su permiso

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Una mujer de unos 30 años se acerca a su ventana y se sienta en la encimera que se encuentra justo al lado. La persiana medio bajada impide apreciar completamente su rostro, aunque la luz de un soleado día deja ver el resto de su figura con claridad. En ese momento, la mujer abre un cajón y coge unas tijeras que sujeta con su mano izquierda. Su otra mano desaparece bajo el quicio de la ventana impidiendo ver el objeto sobre el que se abalanzará su tijera.  Justo, en ese preciso instante… ¡Click! El sonido de un obturador cerrándose rompe el suspense del momento y lo perpetúa en una fotografía que recoge el encanto de mirar sin ser descubiertos gracias a la impunidad que esa barrera de cristal ofrece.

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© Arne Svenson

El voyeurismo siempre ha estado presente en el mundo del arte y es que cualquier pintor, fotógrafo… tiene algo de mirón en cuanto disfruta de observar a su modelo o lo que sucede alrededor. Algunos artistas han llevado ese goce por mirar un paso más lejos y han jugado con los límites de la privacidad. Es el caso de Michael Wolf, que en su trabajo The transparent city se dedicó a fotografiar edificios desde la lejanía mostrando reuniones, viviendas o gente en el salón de su casa. La distancia desde las que estaban tomadas las imágenes hacía que nunca se mostraran con claridad los rostros de los habitantes de las viviendas.

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© Arne Svenson

Ahora es Arne Svenson el que ha decidido dar un paso más. Su trabajo The neighbors muestra a sus vecinos en actividades cotidianas, pero en este caso con una gran definición en lo mostrado gracias a la proximidad de los edificios y al teleobjetivo utilizado para la ocasión, un 500 milímetros heredado de un amigo aficionado a fotografiar aves en movimiento. El problema es que ninguno de ellos ha sido consultado por el artista para ser fotografiado. Svenson siempre juega con el reencuadre que le ofrece el marco de las ventanas para dejar fuera de campo los rostros de sus modelos involuntarios, pero esto no fue suficiente para que dos de ellos reconocieran a sus hijos en las instantáneas que fueron expuestas en una galería cercana a su barrio, Tribeca, en Nueva York.

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© Arne Svenson

Los vecinos demandaron entonces a Svenson, que ahora ha conocido la sentencia que lo considera inocente apelando a su derecho a la primera enmienda: la libertad de expresión. Además el tribunal ha añadido que el arte no necesita el permiso de nadie para ser creado o vendido.

Svenson ha calificado el veredicto de “una gran victoria para los derechos de los artistas” y mantiene que en sus fotografías las personas no son tratadas como seres individuales, sino como el conjunto de la humanidad. Además cree que lo no ensayado es más bonito de fotografiar, ya que está abierto a la interpretación del espectador.

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© Arne Svenson

Desde la galería Julie Saul de Nueva York, donde se exhibe The neighbors, apoyan el trabajo del artista, del que dicen que es capaz de crear piezas de un puzle, tan adorables y teatrales que incluso a veces parecen copias de cuadros de grandes maestros de la pintura como Delacroix y Vermeer. Además destacan que la fuerza de sus imágenes radica en el hecho de que todos podemos identificarnos y vernos en esas fotografías.

El espectador, el gran mirón

El público disfruta siendo un voyeur. El arte otorga el poder de poder mirar sabiendo que no habrá consecuencias negativas. A pesar de que muchos han explorado este placer de espiar, el dilema ético que plantea ha hecho que sólo unos cuantos hayan arriesgado hasta el punto de plasmar en sus obras a desconocidos que no sabían que estaban siendo retratados. Esto hace que siempre surja la misma cuestión sobre si se debe pedir permiso al sujeto fotografiado para que sea legal, aunque esto haga que se pierda parte de la frescura de la obra.

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© Arne Svenson

Es por ello que el arte que ha hablado de forma más abierta sobre el voyeurismo es el cine, ya que mediante la ficción se pueden abordar temas que de otra forma supondrían un conflicto legal y producirían una incomodidad al espectador que interpretaría esas obras como una intromisión en la privacidad de las personas.

Las películas como forma de ver satisfecha nuestra faceta de espías. Así lo entendió Alfred Hitchcock, que en La ventana indiscreta puso a la audiencia a observar a través de los ojos de James Stewart todo lo que acontecía en su patio de vecinos. Un personaje que, no por casualidad, era un fotógrafo que retrataba todo a través de su cámara. Aquí el peligro se encontraba en lo que descubrías al mirar sin permiso. Algo que subvirtió cuatro años después Michael Powell en El fotógrafo del pánico, que convirtió al voyeur en un asesino en serie que disfrutaba rodando sus asesinatos, los cuales cometía utilizando su propia cámara como arma. No hay inocencia en el mirón, parecía decir Powell al espectador.

Para quien ha habido inocencia es para Arne Svenson, que se ha atrevido a cuestionar los límites entre la privacidad y el arte y a convertirse en un voyeur que ofrece sus objetos de deseo al resto del mundo.

fuente: elconfidencial.com, Javier Zurro (22/08/2013)

 

 

 

 

 

 

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