“Este es Maqroll el Gaviero”

Un fotógrafo tras la creación de Álvaro Mutis

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El pintor Alejandro Obregón en su casa de Cartagena de Indias, fotografiado por José Antonio Carrera

Había llegado a Cartagena de Indias desde la extinta librería Fuentetaja. El encuentro con Amirbar (1990) puso en marcha un viaje que ocupó a José Antonio Carrera (Madrid, 1957) más de una década de idas y venidas a Colombia, con parada en París a visitar a Álvaro Mutis. El escritor colombiano le habló del territorio en el que había ambientado la vida y milagros de Maqroll el Gaviero, la balada que se repetía en todos sus libros. Carrera quería conocer a ese personaje errante siempre a punto de partir en busca de nuevas costas, horizontes cada vez más remotos, estrechar la mano del explorador de las grandes lejanías centroamericanas. Cualquier criatura surgida de la más remota imaginación del escritor tiene su reflejo en la realidad.

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© José Antonio Carrera

“Mi papá te recibe a las diez de la mañana”, era domingo y su hijo tenía unos cuarenta años. A las diez el portón verde se abre y una mujer mulata recibe al fotógrafo. Cierra. Al minuto vuelve a abrirse el portón y aparece él, Maqroll, y caminaba hacia él con los brazos abiertos. Un abrazo de amigo al que no se ve desde hace años. Lleno de amor. Quién iba a decirle que un personaje de novelas y poemas iba a ser tan amable, tan cariñoso. Visitó su casa, conoció a su mujer, le sirvió a las diez de la mañana un café con algo muy fuerte y leyeron poemas. Él tenía unos setenta años y ella era en extremo guapa y dulce, cuarenta años. Recuerda que le trataron como a un amigo porque llegaba allí como un amigo de Mutis.

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© José Antonio Carrera

José Antonio Carrera había entrado en una novela de Mutis, por un giro inesperado. Por entonces trabajaba en la Televisión Española (donde fue realizador de programas como El cuaderno del holandés, Equinoccio, Utopía o La Mandrágora) y en la corresponsalía de Colombia sus compañeros le pusieron en contacto con un escritor amigo de Mutis.

Este le señaló a Maqroll en el libro que había publicado y en el que las fotos del pintor Alejandro Obregón (1920-1992) se combinaban con los retratos pintados de Alejandro Obregón. “Este es Maqroll el Gaviero”, le dijo el autor al fotógrafo. “Vive en Cartagena de Indias”. Y todos los planes cambiaron. Así fue cómo José Antonio Carrera, un lector que hace fotos, entró en uno de los libros de Álvaro Mutis.

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© José Antonio Carrera

Así fue como descubrió al hombre que había detrás de esa efigie en la portada de la edición de Summa de Maqroll el Gaviero y que años más tarde perdería. Todavía echa de menos aquel libro irrecuperable. Hasta ese momento creía que era un personaje irreal, una ocurrencia de la editorial, un ser de otro siglo. A saber. Pero Maqroll vestía camiseta blanca, embadurnada de pintura, y pantalones cortos. Hablaron de todo y Carrera tuvo la sensación de estar delante de un maestro, sabio y humilde.

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© José Antonio Carrera

Tan real como la imaginación

Obregón se ausentó en un momento de la sala y regresó con el certificado que le legitimaba como personaje del mundo Mutis. Un relato aparecido en la revista El paseante, titulado Razón verídica de los encuentros y complicidades de Maqroll el Gaviero y el pintor Alejandro Obregón, donde Álvaro Mutis cuenta que está en el Hotel Wellington de Madrid y se encuentra con Obregón que le da noticias de Maqroll el Gaviero. De repente, Alejandro era amigo de Maqroll y no el errante personaje que Mutis había creado a los 19 años, en el poema La oración. Y, sin embargo, artista, sabio, mujeriego, Obregón tan Maqroll.

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© José Antonio Carrera

“Hacía cinco o seis años que no nos veíamos. Allí estaba Alejandro, macizo, intenso, tratando de romper, con el mayor pudor posible, su trabada timidez de los primeros instantes del encuentro; rasgo que fue uno de los signos más constantes y conmovedores de nuestra larga relación. Obregón, es bueno saberlo, escondía, detrás de varias capas de camaján que a nadie convencían, a uno de los hombres con mejores maneras que recuerdo haber tratado”, escribía en el cuento Mutis.

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© José Antonio Carrera

Cuando hace años le preguntabas por su fotografía favorita no dudaba e indicaba esta de Obregón. Hizo las típicas fotos de recuerdo a la pareja. El pintor le enseñó su estudio, en la primera planta. Le pidió hacerle un retrato allí, en su lugar de trabajo, pero él se mostró muy pudoroso y humilde. Salió una foto y poco más. Fue a la salida de la casa, cuando el sol sobre las paredes blancas de la casa reflejaba sobre su cara y resaltaba sus ojos azules, cuando el fotógrafo pidió hacerle la última. “Sí, pero con ella”. Y agarró el brazo de su pareja y se lo llevó al pecho.

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© José Antonio Carrera

El amor congelado

La relación de ambos impresionó al fotógrafo, que abandonó aquella casa buscando un amor como ese. “Nunca había visto a una pareja adulta que se dieran muestras de amor constantemente y sin pudor, me emocionaron por su potencia”. Al mes llamó a Álvaro Mutis para contarle cómo fue la visita a su personaje hecho carne. El escritor le dijo que a Alejandro Obregón había sufrido un derrame cerebral y su mujer le había abandonado. José Antonio Carrera quedó helado.

El fotógrafo montó en los autobuses de los escritos de Mutis, vio a señoras con lámparas Coleman en sus regazos, materiales que había leído en las novelas y que se hacían presentes. En aquel primer viaje Carrera había llevado la cámara pero sin intención de utilizarla. Sólo tres carretes en su mochila. Lo dicho, era un lector que hacía fotos. Fue allí pensando en tomar retazos para hacer algo más cinematográfico.

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© José Antonio Carrera

“Fui consciente de que estaba tomando imágenes interesantes cuando llevaba tres o cuatro carretes”, asegura. Aparecían personajes fotogénicos, con los que hablaba y a los que pedía permiso para retratarles. Ni una robada. Había tiempo, no había prisa. Territorio, gente, literatura, una confluencia reveladora. “La fotografía es tiempo”.

En estos días ultima su nueva serie sobre fotos en la estación Gran Central, de Nueva York, donde el tiempo se diluye en las exposiciones, donde no tiene trato con los personajes que pasan cerca de él. La fugacidad y el azar hacían parte del trabajo a ráfagas. Se metía en la escalera mecánica arriba, escalera mecánica abajo y foto. El caudal de gente a su alrededor, como “el margen de un río silencioso”. Lo recuerda Carrera: “No soy un fotógrafo que lee, sino un lector que hace fotografías”.

fuente: elconfidencial.com, Peio H. Riaño (24/09/2013)

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