“Emmet me hizo estas fotos durante cincuenta años porque me amaba”

La Sala Rekalde presenta una muestra de Emmet Gowin, cuyo amor por su mujer traspasó su objetivo

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A los 72 años, Emmet Gowin sigue disparando su cámara para retratar a su esposa, la musa y ‘leitmotiv’ de su obra. (Pablo Viñas)

“Cuando quieres mucho a alguien le quieres dar toda tu atención”, confiesa el fotógrafo estadounidense Emmet Gowin (Danville, Virginia, 1941), considerado uno de los más originales e influyentes de los últimos cuarenta años. Y no hay duda de que él ama profundamente a su esposa, Edith, a la que ha acompañado en su viaje de la juventud a la madurez a través de retratos íntimos y misteriosos que delatan un juego de complicidades más allá de la relación entre fotógrafo y modelo. El amor que siente hacia ella atraviesa el objetivo.

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Edith, Danville’ (Virginia), 1963. Cortesía de Pace/MacGill Gallery, Nueva York. EMMET GOWIN

Gowin no podía ayer contener la emoción cuando se le preguntaba sobre la influencia de su mujer en su trabajo durante la presentación de la retrospectiva que la Sala Rekalde de la capital vizcaina le dedica hasta el 26 de enero. Acompañado de la diputada de Cultura, Josune Ariztondo, del comisario de la muestra, Carlos Gollonet y del director general adjunto de la Fundación Mapfre, Daniel Restrepo, Gowin hablaba sin tapujos de lo afortunado que es al haber encontrado una musa y una compañera como ella en su camino. Este fotógrafo, que no tiene nada de pose ni de divismo, destila felicidad y paz. La misma paz y felicidad que se refleja en su mujer Edith, que tiene exactamente el mismo gesto complacido y reservado que el de aquella joven de la fotografía que cuelga de la pared tomada en 1969. “Lo cierto es que si no me hubiera casado con Edith, probablemente nunca habrías oído hablar de mí”, cuenta Emmit que le dijo a un alumno cuando le preguntó sobre la presencia de su esposa en su obra.

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‘Edith, Chincoteague Island’ (Virginia), 1967. Cortesía de Pace/MacGill, Nueva York. EMMET GOWIN

Ella también lo sabe, y así lo dice, sin ningún tipo de presunción: “Emmet me hizo esas fotografías porque me amaba”.

¿Y qué siente ella cuando deambula por una galería donde están sus fotos? Al contemplarse en las imágenes que durante más de cincuenta años le ha tomado su marido, confiesa que no se reconoce en ellas. Admite que recuerda esos momentos en los que fueron realizadas, “pero es algo que pasó hace mucho tiempo. No me reconozco en esa foto en la que yo tenía 19 años. Parece otra persona”.

Recorrido

Las casi 200 fotografías que se pueden ver en la Sala Rekalde dan fe de que Gowin tiene un voz propia y muy poderosa. El comisario de la exposición, Carlos Gollonet, destaca la originalidad de sus imágenes y su conexión emocional entre todos los temas que captura con la cámara: “Sus fotografías traducen en imagen sus ideas y pensamientos y son casi como versos de un largo poema autobiográfico”.

“Nosotros fotografiamos para preservar el tiempo, para evidenciar y mostrar momentos de felicidad, a veces fingida- explica Gollonet- Gowin para observarlo, estudia el momento para conectar con los lugares y la gente a la que ama y para poder comunicarlo, en todos los estadios de la vida. Por eso en sus fotografías hay emoción en la misma dosis que honestidad”.

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‘Nancy, Danville’ (Virginia), 1969, cortesía de Pace/MacGill, Nueva York. EMMET GOWIN

Gowin inició estudios de licenciatura en Artes Gráficas en Richmond en 1961, pero pocos meses después se decantó por la fotografía y realizó sus primeras imágenes influenciado por Robert Frank, Henri Cartier-Bresson o Walker Evans. Eran escenas muy variadas de la vida cotidiana a las que pronto sumó los retratos de su esposa, con la que se había casado en 1964. Entre 1965 y 1967 comenzó a utilizar una cámara de fuelle de 4 x 5 pulgadas, que aportaba un tiempo de exposición diferente, y posteriormente fue contratado por el Dayton Art Institute (Ohio), donde inició una nueva etapa hacia una evolución conceptual intuitiva e introspectiva. A comienzos de los setenta, un hecho fortuito llevó a Gowin a utilizar la lente de una cámara de 4×5 pulgadas en un aparato de 8×10, con el resultado de unas imágenes circulares que transmiten la sensación de estar accediendo a un lugar prohibido y en las que colocó de nuevo a su mujer y, en esta ocasión, también a sus hijos.

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‘Edith, Navidad’, Danville (Virginia), 1971, cortesía de Pace/MacGill Gallery, Nueva York. EMMET GOWIN

Unos años después, Gowin se centraría en los paisajes y en cómo ha influido la actividad humana sobre los mismos, especialmente mediante fotografías aéreas: las desoladoras consecuencias de la erupción del volcán Saint Helens (Estados Unidos); los territorios devastados por la acción humana en el medio y lejano Oeste, en Checoslovaquia…

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‘Campo de golf en construcción’, Arizona, 1993. Cortesía de Pace/MacGill, Nueva York. EMMET GOWIN

La retrospectiva también abarca una de sus últimas fascinaciones, los insectos. Para realizar un trabajo de catalogación científica, viajó a Latinoamérica y fotografió incansablemente miles de mariposas nocturnas. Esta pasión la fusionó además con su pasión permanente, el amor hacia Edith, al incorporar su silueta en su serie Mariposas nocturnas: Edith en Panamá, que sirve para cerrar la exposición, que ha sido producida por la Sala Rekalde y la Fundación Mapfre y que viajará a continuación a la Fundación Henri Cartier-Bresson de París.

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‘Edith en Panamá: máscara de hoja’, 2004. Cortesía de Pace/MacGill, Nueva York. EMMET GOWIN

fuente: deia.com, Maite Redondo (24/10/2013)

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